viernes, 10 de febrero de 2012

La forma hace al monstruo

Por: Javier Sampedro | 12 de diciembre de 2011
Ahora la tenemos tomada con las agencias de calificación, pero cada época inventa sus depredadores: la conspiración judeomasónica en la Arcadia franquista, la administración de justicia en la Inglaterra dickensiana, el recaudador feudal, el emperador Nerón, el tiranosaurio rex.

El precursor de todos ellos fue el Anomalocaris de la imagen de ahí arriba -tomada de su última aparición en la revista Nature-, una fiera corrupia de pomposas fauces, nadar aparatoso, mirada torva y con más dientes que el caballo de Gargamel. Fue la primera cosa con un metro de eslora que inventó la evolución, y terror de trilobites a juzgar por las muchas cáscaras de estos que dejó en sus deposiciones.

Si esa especie de trompas que le salen al morlaco por mitad de la frontal le han parecido al lector un par de langostinos, ningún experto podrá reprochárselo. Eso es justo lo que pensó su descubridor, el famoso paleontólogo norteamericano Richard Walcott. Se encontró una trompa suelta en 1928 y la clasificó como un fósil del primer crustáceo del planeta. La verdad es que se parece un montón a una gamba. La siguiente imagen es mi propia versión, admitidamente naïf, de la trompa del Anomalocaris


Y no, no es que yo tenga la paciencia del santo Job. Para hacer eso basta dibujar uno de los segmentos, por ejemplo el más grande de arriba, o el más pequeño de abajo, o cualquier otro que te vaya bien. El resto es puro control C control V, porque todos los segmentos tienen exactamente la misma forma, y solo difieren en el tamaño y en el ángulo de rotación. Esta es la marca de fábrica de una de las curvas más notables de cuantas ha descubierto la geometría: la espiral logarítmica, que aparece con aún menos disimulo en la siguiente imagen:
Los humanos necesitamos 5.000 años de investigación matemática para inventar la espiral logarítmica, pero la evolución tardó muy poco en descubrirla. Anomalocaris es uno de los personajes estelares de la llamada explosión cámbrica, la aparición relativamente súbita (en términos geológicos) de todos los grandes grupos animales que pueblan la Tierra desde entonces, como los anélidos (lombrices segmentadas), los artrópodos (insectos, arañas, crustáceos), los moluscos (lapas, mejillones), los equinodermos (erizos y estrellas de mar) y los cordados a los que pertenece el amable lector.

Esa explosión de creatividad biológica ocurrió hace unos 540 millones de años, al inicio del periodo cámbrico, y después de 3.000 millones de años de aburrimiento en que el registro fósil solo muestra evidencias de microbios unicelulares. La explosión cámbrica fue la invención de la geometría: de las formas en que las células individuales pueden organizarse en una sociedad coherente y autoconsistente.

Una de las espirales logarítmicas más famosas es la concha del nautilus. Como circulan por la web algunas opiniones escépticas sobre este hecho, decidí ayer comprobarlo por mí mismo y, como puede verse en la siguiente figura, el ajuste de la concha a la curva es casi perfecto:

También nuestro sistema musical consiste en una espiral logarítmica. En esta imagen, los radios representan la frecuencia acústica de las 12 notas de la escala, de un do al siguiente do:
No deja de ser curioso que la cóclea del oído sea también una espiral logarítmica, pero eso es otro cantar. Pórtense bien los lectores y hasta la próxima.

http://blogs.elpais.com/simetrias/2011/12/la-forma-hace-al-monstruo.html

Agudo claro chico pincho arriba

Por: Javier Sampedro | 15 de diciembre de 2011
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¿De dónde vienen las metáforas? A veces del talento poético, a veces del tejido nervioso. Una de sus fuentes más enigmáticas es la sinestesia, o situación en que la estimulación de un sentido crea una percepción automática en otro. La más común asocia colores a signos escritos, como en esta estrofa de Rimbaud:

"A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul

Algún día descifraré vuestros nacientes orígenes".

La segunda forma más común de sinestesia asocia colores con días de la semana, como domingo verde. Otras afectan en distintas combinaciones a las notas musicales, los olores y los dolores, a las formas o a las texturas, a la posición en el espacio, al tamaño de las cosas y qué sé yo qué más: por ahora se han clasificado unos 60 tipos de esta condición.

Rimbaud y Baudelaire eran sinestetas, como Wagner y Liszt, Scriabin y Messaien, Kandinsky y Hockney, Poe y Nabokov, y al menos dos científicos: Nikola Tesla y Richard Feynman (a quienes algún día podremos citar sin el nombre de pila, como al resto). Esta lista no llega a demostrar que la sinestesia sea la madre de todas las metáforas, pero sí que lo deja a uno medio mosca y como hurgando en su cabeza en busca de los nexos ocultos que se le habían escapado hasta ahora.

Y tal vez la búsqueda no sea en vano, después de todo. Según las investigaciones neurológicas recién publicadas por científicos de las universidades de Oxford y Berlín, los sinestetas son solo casos extremos de un fenómeno que compartimos la generalidad de las personas. Pese a todas las diferencias de detalle que uno quiera catalogar, todos los humanos compartimos la tendencia a asociar las notas agudas con los colores claros, los tamaños pequeños, las formas más picudas y las posiciones más altas en el espacio (lo que justifica el título de esta entrada). No son asociaciones aprendidas, ni condicionadas por la cultura, sino inconscientes y automáticas. Y ni siquiera parecen peculiaridades humanas, puesto que las compartimos con los chimpancés.

¿De dónde vienen las metáforas? A veces del talento poético, a veces del tejido nervioso, y a veces de la noche evolutiva de los tiempos.

Pórtense azul los lectores.

Agujerito en el zócalo

Por Daniel Ripesi
A Malena

Iban a mudarse y estaban felices. Habían encontrado una casa más amplia, que hasta tenía un pequeño jardín donde María, de cinco años, podría jugar al aire libre. Sin embargo, la niña estaba triste y bastante enojada con el cambio. Se le explicaban las enormes ventajas del nuevo lugar; se intentó tranquilizarla diciéndole que la compradora de la casa que dejaban estaba muy de acuerdo en que ella volviese cuando quisiera. Pero además ella se iba a llevar todas sus cosas, los juguetes, los adornos de su pieza, en fin, no iba a dejar nada. Pero María, indignada y acongojada, le contestó a su madre: “Es que no me puedo llevar el piso...”.

La niña no podía resignar ese territorio, para ella vastísimo e íntimo: el agujerito en el zócalo por donde entraban y salían miles y miles de hormigas, que a veces ella contrariaba poniendo obstáculos en su camino; los diversos (ínfimos, para una mirada desatenta) desniveles de las baldosas, distribuidas como terrazas escalonadas de un palacio, la mancha oscura en el parquet del living (de la que tanto se lamentaba mamá) que recortaba el espacio reducido de una laguna en la que los viajeros cansados se refrescaban antes de partir nuevamente hacia tierras extrañas (aunque otras veces esa misma mancha en una isla perdida, y entonces todo el piso de parquet era un mar).

En fin, cómo abandonar todo ese territorio existencial: esa mancha del living que se ajustaba a la medida exacta de su pequeño pie (pero que condensaba un millón de mundos posibles), el piso del baño que dibujaba un complicado laberinto que sólo ella podía descifrar, y en ese laberinto que cada vez cambiaba sus trampas y donde sin previo aviso cambiaba de lugar la salida, en ese laberinto mágico siempre había algún insecto desorientado al que ella tenía que ayudar.

Piso rascado, de a ínfimos fragmentos, con tanto esmero y pasión, por el dedito de su mano inquieta, desde cuando todavía había que apuntalarla con almohadones para mantenerla sentadita, piso babeado con generosidad cuando se lanzó, en errático gateo, a la exploración de sus confines, y, más tarde, puesto a temeraria distancia de sus manitos cuando se animó a dar los primeros pasos.

En el principio, ese piso fue para ella pura vastedad sin relieve, sin referencias, casi sin horizonte. Luego, poco a poco, la niña se fue atreviendo a unos pocos gestos mínimos de exploración que empezaron a construir (más que a “reconocer”) relieves y texturas, planicies y elevaciones: “lugares”. Lo que Donald Winnicott llama “gesto espontáneo” es un primer movimiento inmeditado del bebé que se aventura hacia lo extraño y ajeno para inaugurar allí mundos más o menos hospitalarios.

Para empezar, el bebé conquista el mundo escueto y seguro de “unos brazos que sostienen”. Más tarde –dice Winnicott–, el mundo sólo tiene sentido para un sujeto si se ofrece como una prolongación del “patio de atrás”. Los brazos de la madre son la carne de esa dilatada metáfora que llamamos mundo; desde esos brazos se atisba lo que pasa más allá. Y así se dan los primeros pasos, justamente hacia ese más allá que los cuidados maternos (si no son excesivos o inexistentes) trasforman en un territorio de juego. Si se cae de ese espacio de juego –que Winnicott llama “campo de fenómenos transicionales”–, nada y todo, demasiado y demasiado poco: el sinsentido. En ese campo de fenómenos transicionales, el absurdo no lleva al desencanto, la ilusión no lleva a la manía. Es un lugar construido para agasajar, un reparo donde –si fuera necesario– esconderse, donde mostrar sin exponerse excesivamente. Lugar de tránsito, de llegadas y partidas.

Pero a veces, laberinto, hábitat sin techo, campo minado. A menudo refugio infranqueable. Tiene sus sectores blandos, cenagosos, públicos y privados, lugar de estar, de descanso, con alero, con galería en el frente, de mosaicos frescos para recostarse un ratito en verano, y observar atento la marcha ordenada de las hormigas.

J.-B. Pontalis nos dice: “El instante necesita de un lugar para no desvanecerse del todo”. Me gusta esta idea porque, quizá, cada uno de nosotros no sea otra cosa que un inesperado instante o una serie de diversos instantes aislados (que hilvanamos ilusoriamente para darnos la sensación de poseer una historia), fogonazos o estallidos efímeros de pasión y deseo que necesitan de un piso firme donde afirmarse para dar lugar a una vida.

* Psicoanalista.

Día Internacional del Holocausto

Por José Pablo Feinmann
George Steiner se encuentra entre los pocos que han logrado pensar hondamente la cuestión-Auschwitz. Erudito, filósofo, músico, crítico de literatura, gran humanista, llega a instancias que son terroríficas hasta para él mismo. Son discutibles –aunque siempre ricas, dinamizantes– algunas de sus afirmaciones, pero hay que seguirlo en el camino que transitó y que abrió para que los demás fueran tras él casi necesariamente. Uno descansa cuando lee a Steiner. Al fin un espíritu lúcido, alejado de las telarañas heideggerianas y de los variados, excesivos sofismas que los jóvenes franceses de la década del ’60 (los estructuralistas y los post) construyeron a la sombra de un pensamiento seriamente comprometido con la masacre más impensable del siglo XX. Por ejemplo: Steiner nos insta a entreverarnos con el idioma alemán como condición de posibilidad para entender Auschwitz. Nosotros podríamos decirle que estudie y penetre el idioma castellano (en su variante argentina) para entender la ESMA. Cuidado: no establecemos comparaciones. Pero –a esta altura de los tiempos– hay que incorporar a toda conciencia generosa que no sólo existe el Holocausto (el único que se escribe con mayúscula: ¿cómo pensar esto?, ¿los otros fueron minúsculos?, ¿por qué no escribir Genocidio Contra los Armenios con mayúsculas?, ¿qué hay que esperar para que algo así suceda?, ¿por qué no hay una película en Hollywood, hasta donde yo sé, sobre la masacre armenia?), sino que la crueldad y la inhumanidad (que el hombre lleva en sí tan naturalmente como su humanidad) se han explicitado en otras zonas, tal vez no del prestigio de Alemania, tal vez de los países subalternos, de la periferia, pero que fueron parte de la modernidad tanto como lo es Auschwitz. Volvemos a Steiner. ¿Por qué nos compromete con el idioma alemán? Dice: porque sólo se puede pensar Auschwitz en alemán. Porque “quizá la única lengua con que podamos penetrar verdaderamente el enigma de Auschwitz es el alemán, es decir, escribiendo ‘desde dentro de la lengua de la muerte’” (Enzo Traverso, La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, Herder, Barcelona, 2001, p. 158). Steiner señala especialmente el caso de Paul Celan, víctima de Auschwitz, poeta judío, que se obstinó en escribir en “la lengua de la muerte”. Su objetivo nunca fue comprender Auschwitz “en el sentido filosófico o histórico del término –el verbo verstehen prácticamente no aparece en su vocabulario–, sino más bien captar, restituir con palabras el sentido del desgarro de la historia a partir del sufrimiento que marcó a sus víctimas” (Ibid., p. 158). El tema de la ruptura civilizatoria será desarrollado por la Escuela de Frankfurt y late fuertemente en la Tesis de Walter Benjamin. Renegando de la metodología dialéctica preguntarán: ¿de qué puede ser superación Auschwitz? ¿Aplicamos a la masacre el Aufheben hegeliano (superar conservando) o postulamos que Auschwitz fue una ruptura, un quiebre en la Historia? Los frankfurtianos se van a inclinar por esta segunda posibilidad. También, aquí, nosotros. La ESMA (nuestro Auschwitz) no es un momento más de la historia argentina, precedido por unos y proseguido por otros como si la historia fuera un continuum, que interpreta a la historia en tanto “la prosecución de ésta a lo largo de un tiempo homogéneo y vacío. La crítica a la representación de dicha prosecución deberá constituir la base de la crítica a tal representación del progreso” (Benjamin, Tesis XIII. Ver: Reyes Mate, análisis de la Tesis XIII, p. 211 en Medianoche en la historia). No hay progreso en la historia. Al contrario, una concepción homogénea del tiempo y lineal del progreso –las dos se requieren, se complementan– lleva a incorporar a la historia toda atrocidad, pero en tanto momento necesario de un devenir que también lo es.

Lo que nadie puede negar es que Auschwitz no es una excepción. La historia no es dialéctica y no hay un tercer momento de conciliación de los contrarios. En todo caso los contrarios –lejos de conciliarse– coexisten en la conciencia humana. Auschwitz no es lo inhumano y la Capilla Sixtina lo humano. Auschwitz forma parte de la condición humana. Ya no podemos referirnos a Auschwitz como un “enigma” (Traverso, p. 158, ob. cit). ¿Cuántos “enigmas” hay entonces en la historia? ¿Cuántos continúan surgiendo? Podríamos convenir que el hombre es un “enigma” para sí mismo, que no está moral ni espiritualmente preparado para asumir los horrores que desata. De aquí la existencia de conceptos como –ante todo– Satanás o el Mal o lo Inhumano y hasta un Dios ausente o cruel. Todo ese artilugio conceptual pone el Horror fuera del hombre. Fue Satán. Fue la presencia del Mal. Que sí, está en el hombre pero el hombre es también capaz de lo sublime. Y, en todo caso, es incapaz de tanto exceso de maldad como Auschwitz representa. Ahí hay una ruptura. Para eso no hay lenguaje. Fue lo inhumano del hombre lo que hizo posible Auschwitz. El hombre –por el contrario– es humano. Se llega a una visión de la historia que la divide entre la Madre Teresa y Hitler. Esperemos que no prospere porque, a todas luces, Hitler es más atrayente (la atracción del Mal es poderosa) que esa supuestamente buena, tan buena señora. Además, Hitler o Videla o Trujillo o Duvalier o Truman e Hiroshima y Nagasaki o Pol Pot (a quien le decían El Suave y aniquiló a casi dos millones de personas), podrán ser el Mal pero son también el hombre, la naturaleza o la condición humana. Todos fueron respaldados por poderes que fingieron no conocer sus matanzas, que se dijeron inocentes de todo, pero les dieron dinero, armas, mercenarios, técnicos en tortura y violaciones de todo tipo. Hoy, entonces, recordamos al Holocausto de Auschwitz, pero también es, para nosotros, el día de todos los genocidios de la Historia. Del armenio, por ejemplo, que aún lucha contra el negacionismo, un negacionismo que es la negación del dolor de ese pueblo, de su identidad herida, imposible o incompleta en tanto no se reconozca lo que hicieron con y de ellos. También el Día del Holocausto debe ser un día dedicado a la reflexión sobre el Mal y el profundo arraigo que tiene en el hombre, que no lo ha podido desterrar ni piensa hacerlo. Hoy se tortura en todas partes. Hoy, el pueblo del Holocausto, basándose en el Holocausto y con un Estado bélico respaldado por la más grande potencia del mundo, está dispuesto a no detenerse ante nada con la excusa de que no permitirá que lo que ocurrió una vez ocurra otra. Y si pensamos que el líder iraní (que trajo Chávez a América latina incluyendo a este continente en la Guerra contra el Terror) dice con fanático empeño que el Holocausto no existió, ¿no será para otorgarse el derecho de provocar uno que sí, que a todas dudas exista, sin discusión alguna?

Estas son, apenas, algunas de las reflexiones que esta fecha tan compleja no puede sino provocar. No son agradables. Duelen. No nos entregan una visión idílica de la condición humana. Y no son para leer en la playa. Pero la fecha es ahora y es ahora cuando hay que escribir y decir –al menos– algunas “verdades”, las que uno tiene, que tal vez sirvan para algo.

Mujeres militares

Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania

El ser humano no aprende de sus fracasos. Evidentemente. Abro la revista Der Spiegel (El Espejo). Tal vez la mejor revista europea de actualidad. Me encuentro con un aviso a toda página. Desde él me sonríen un joven varón con la boina de las tropas de infantería, una hermosa mujer con gorra de la marina de guerra y otra mujer con el birrete de la fuerza aérea. Hacen propaganda para que jóvenes hombres y mujeres ingresen en las fuerzas armadas de la Alemania Federal. El texto del aviso no tiene desperdicio: (textual) “Fuerzas Armadas Federales. Nosotros servimos a Alemania. Una carrera con futuro”. Luego, en letras grandes como título: “Estudiar con sueldo”. En el medio, las fotos y este texto: “¿Usted busca una profesión interesante con responsabilidad de mando y exigencias especiales así como un compromiso con la República Federal Alemana? ¿Usted se interesa por una educación académica bajo condiciones óptimas?”. Y entonces con letras que resaltan: “Ofrézcase ahora como oficial”. Y después de las direcciones para más información, algo que verdaderamente sorprende: “Se desea el ingreso de mujeres: ellas tendrán prioridad en caso de calificaciones iguales”.

Repaso los textos y las sonrisas de las fotos del aviso varias veces. Para el ejército son preferidas las mujeres. Tengo que abrir la ventana y tomar aire. Pienso: un país que en las dos últimas guerras mundiales perdió a millones de jóvenes en batallas absurdas ahora prefiere a las mujeres para ser soldados.

Pienso en esos libertarios y libertarias que hace ya dos siglos salieron a las calles de todo el mundo para pedir la eliminación de los ejércitos y lograr la paz eterna en el mundo. Recuerdo cuando llegué a la Alemania de posguerra con sus ciudades totalmente convertidas en ruinas y a sus mujeres levantando los ladrillos sueltos y tratando de reconstruir lo destruido por los hombres mientras sus hijitos las tomaban de las piernas para que no los olvidaran. Y ahora, las nuevas generaciones las quieren hacer soldados y las prefieren a los hombres, según el aviso oficial.

Sabemos ya que esto no es nada bueno, hace años que las puertas de los cuarteles se abrieron para las mujeres en casi todos los ejércitos del mundo, pero que ahora las prefieran a ellas como soldados antes que a los hombres, no, no es ni siquiera imaginable, ni se puede interpretar como una fantasía de la realidad humana. “Ahora prefieren a las mujeres porque dicen que son más obedientes que los hombres”, me responde un sociólogo ante mi desesperación.

No, me digo, no pueden ser obedientes a la muerte. En el diario de esta mañana viene un reportaje a un octogenario que luchó en Stalingrado. Allí murieron 150.000 jóvenes soldados alemanes. Jóvenes, recién salidos a la vida. Me imagino sus rostros. Muertos destrozados por las balas de fusiles, de ametralladoras, de cañones; destrozados por bombas. Destrozados. Algunos ya habrían llegado a la edad del amor y habrán pensado en esos últimos momentos en los rostros de sus amadas que los esperaban en la lejana patria. ¿Y ahora? Ahora también han sido enviadas a Afganistán mujeres uniformadas que hacen la venia mejor que los hombres. Ya en casi todos los ejércitos del mundo hay mujeres en uniforme.

Voy a mi biblioteca, tengo más de veinte libros de autores pacifistas. Páginas inolvidables, plenas de generosidad y de almas emocionadas. La paz eterna. Como contrapartida, hoy, mujeres en uniforme. A las que traen la vida en sus cuerpos les enseñan a matar. Voy a ir a golpear las puertas de las feministas, me digo, y les voy a llevar los libros de los pacifistas. Miro el aviso de mujeres sonrientes en uniforme. Sí, el aviso dice que las mujeres tendrán prioridad en el ingreso militar a los hombres en el caso de calificaciones iguales. Si lo leyera Kant, si lo leyera Schopenhauer...

No, no puede ser. Sí, lo es. Pienso en los pacifistas que se negaron a ir a la guerra y fueron presos o fusilados. Pienso cuando me negué en el servicio militar a ir a la instrucción militar y fui destinado a barrer y encerar pisos de los despachos de los señores oficiales durante dieciocho meses.

¿Qué hago con los libros pacifistas? ¿Los beso? ¿Los pongo abiertos en la mesa del comedor, hago cuadros con los retratos de sus autores para llenar las paredes de la casa donde vivo?

Salgo a caminar por el bosque, hay árboles de más de cien años que nos miran. Me acerco y acaricio sus cortezas. Pasan corriendo unos niños que pegan gritos alegres. Vuelvo y me pongo a escribir esta nota. Ojalá la lean mujeres y que salgan después a la calle con carteles: “La mujer trae la vida, no la muerte”.

Porque ahora vamos a otra realidad indiscutible y publicada por la mayoría de los diarios: los niños bajo el nivel de pobreza en Europa. Una discusión profunda que se ha iniciado en la Unión Europea. Comenzó con el plan alemán de aprobar una ayuda a los hogares con niños, un dinero de “asistencia”, es decir, una ayuda de cien euros por niño menor de tres años que no son enviados a jardín de infantes porque la madre no trabaja afuera. Esto se debe a que se ha comprobado que en Alemania –el mejor país europeo de nivel económico–, en Berlín, el 36,3 por ciento de los niños está bajo el nivel de pobreza; en Hamburgo, el 24 por ciento; en Baden-Württemberg, el 11,2 por ciento; en Sajonia, el 26,4 por ciento, etc. Este estudio ha sido realizado por la Fundación Bertelsmann. El otro plan es construir lo más rápido posible jardines de infantes para la totalidad de los niños. Y, por supuesto, con comedores infantiles.

Sorprende, de pronto, esta realidad. Sería muy informativo que también, países europeos como España, con alto grado de desocupación, Grecia, Portugal, etc. realizaran un estudio así. Los niños son lo más sagrado de la vida humana y a ellos tiene que estar destinado lo necesario para darles un futuro digno. Y no emplear el dinero que les corresponde en construir aviones de guerra, tanques blindados y armas cada vez más sofisticadas. Pareciera que la humanidad no aprende, pese a los grandes pensadores. Es que se hace cada vez más necesario discutir el sistema. Hasta Francis Fukuyama, el politólogo norteamericano defensor acérrimo del capitalismo, ha puesto en duda el sistema en sus últimas declaraciones, donde considera “amenazado el sistema actual de las naciones industriales occidentales” y exige “un cambio firme en la política”. “Pienso en la búsqueda de un justo crecimiento de la economía –sostiene Fukuyama–; nuestro modelo social occidental ha caído fuertemente por la erosión de la clase media. Eso es muy malo para la democracia. Cuando las ganancias sean repartidas de manera igualitaria, la ciudadanía confiará más en sí misma y no existirá entonces una elite que goce de una entrada privilegiada entre los políticos que hacen valer sus intereses.”

Aunque mínima la reacción, se nota que hasta los más fieles al sistema están preocupados por la crisis tanto en Estados Unidos como en Europa.

Pero no todo suena como para entrar en depresiones ni desconsuelos. En Francia acaba de ocurrir un episodio que nos llena de orgullo. El Senado francés aprobó una ley que pena con un año de prisión y 45.000 euros de multa a todo aquel que niegue el genocidio armenio cometido por los turcos. El gobierno turco, en vez de aprender de la historia, tomó las represalias de siempre: retiró su embajador de Francia, no permite la entrada de aviones militares franceses a su territorio ni tampoco barcos de guerra franceses a sus aguas ni realizar maniobras militares conjuntas. Cuando no se puede responder a la verdad se toman esas medidas sin ningún sentido humano. Como decimos siempre, la verdad tarda a veces mucho tiempo, pero finalmente llega. Francia recibió en 1915 a miles de armenios que pudieron salvarse del genocidio. Hoy la colonia armenia en tierras francesas cuenta con más de 600.000 habitantes.

Mujeres soldados, niños en la pobreza en esa Europa que hace ya más de dos siglos comenzó a cantar aquel: “Libertad, Igualdad, Fraternidad” de la revolución de 1789. Pero entre lo injusto, de pronto la ventana de aire fresco que se abre: no al genocidio de pueblos.

Luces de navidad


En periodo de crisis, las fiestas de fin de año llegan en las mismas fechas. Navidad y Año Nuevo no tienen en cuenta la situación financiera. Veinticinco de diciembre y primero de enero se someten al calendario. Los rituales vuelven cada vez idénticos a los de años precedentes y esta semejanza constituye el carácter sagrado de una tradición.

Acaso la palabra “sagrado” no convenga en estas circunstancias. O bien, habría que reconocer las leyes de comercio y consumo como instituciones sagradas del mundo contemporáneo. Hoy, diarios y revistas, canales de televisión, entre dos villancicos, consagran la mayoría de sus páginas o de sus programas a los preparativos de las cenas, las compras, el frenesí de estas fiestas que cada uno espera.

Decir “cada uno espera” podría hacer creer que todos somos iguales. Para nada. La primera diferencia, tan evidente que no es necesario decirla, aparece entre ricos y pobres. La palabra “fiesta” no designa la misma cosa para todos. Caviar y champán de un lado, rebanada de pan y vaso de cerveza del otro.

Charles Chaplin, el inmortal Charlot, muestra en casi todos sus filmes este drama, quizás el más humano de todos los dramas. La diferencia, la separación que se perpetua de generación en generación, entre individuos que viven a veces lado a lado, que pueden incluso ser vecinos, y cuyas existencias están separadas por fronteras infranqueables. Cada película de Chaplin es una especie de cuento de Navidad. Tan patético como pueda ser el destino humano, Charlot no puede impedirse soñar. Para él, como para los niños, los milagros, Santaclós, los Reyes Magos, existen. La peor miseria, la más grande desesperanza, no pueden desalentar su decisión de hacer nacer una florecita. Su amada no llega a la cita, está solo, abandonado, ¿qué hace? En vez de llorar o acusar a la cruel, como lo haría cualquier amante rechazado, Charlot agarra los panecillas comprados para el festín que preparó para festejar a la bella mujer y hace malabarismos con ellos en una zarabanda de alegría. Sublime hallazgo cuando la más fina inteligencia emana del corazón.
Hoy, ¿qué cuento de Navidad nos inventaría Charlot? La miseria que conoció no ha reducido; al contrario, se extiende. Chaplin no podía imaginar el fenómeno de la mundialización, no llevó a la escena sino el mundo que conoció. En Las luces de la ciudad, la más lograda y turbadora de todas sus películas, un vagabundo y un millonario se hacen amigos... durante las horas en que el rico camarada se halla bajo los influjos del alcohol. No es posible ilustrar mejor la imagen de nuestro planeta mundializado. En el filme, el millonario y el vagabundo se han hecho amigos porque el pobre salvó al rico desesperado que trataba de suicidarse. Hoy, los países ahítos, al borde del suicidio, serán tal vez salvados por los países pobres. Y, como el millonario de Chaplin, olvidarán sin duda dar las gracias. Justo al salir de la crisis, al despertar, cada uno retomará su lugar.

¿Cómo terminaría un cuento de Navidad de hoy filmado por Chaplin? Charlot era capaz de reír de todo, de los robots humanos de Los tiempos modernos o de Hitler. Y aunque no es lo más indicado hablar, en esta época navideña, de las desdichas que se anuncian en un planeta mundializado, cabe decir que sería necesario poseer al menos el genio de este gran cómico para hallar el modo de reír.

En París, mientras la gente trata de encontrar el mejor y más barato foie-gras, las más sabrosas y menos caras ostras (los franceses están dispuestos a apretarse el cinturón en todo menos en la comida y en la educación de los hijos), decididos a hacer la fiesta por si es la última, la batalla política continúa. Los efectos de la crisis imponen sus restricciones. Así, las iluminaciones navideñas utilizan focos de consumo reducido. ¿Quién podría dudar que una medida tan enérgica, con menos energía, no sea un remedio apropiado? Las luces de la ciudad parece hoy un título premonitorio.

vilmafuentes22@gmail.com

Haití, país ocupado

Por Eduardo Galeano *
Consulte usted cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país libre en América. Recibirá siempre la misma respuesta: los Estados Unidos. Pero los Estados Unidos declararon su independencia cuando eran una nación con seiscientos cincuenta mil esclavos, que siguieron siendo esclavos durante un siglo, y en su primera Constitución establecieron que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona.

Y si a cualquier enciclopedia pregunta usted cuál fue el primer país que abolió la esclavitud, recibirá siempre la misma respuesta: Inglaterra. Pero el primer país que abolió la esclavitud no fue Inglaterra sino Haití, que todavía sigue expiando el pecado de su dignidad.

Los negros esclavos de Haití habían derrotado al glorioso ejército de Napoleón Bonaparte y Europa nunca perdonó esa humillación. Haití pagó a Francia, durante un siglo y medio, una indemnización gigantesca, por ser culpable de su libertad, pero ni eso alcanzó. Aquella insolencia negra sigue doliendo a los blancos amos del mundo.

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De todo eso, sabemos poco o nada.

Haití es un país invisible.

Sólo cobró fama cuando el terremoto del año 2010 mató a más de doscientos mil haitianos.

La tragedia hizo que el país ocupara, fugazmente, el primer plano de los medios de comunicación.

Haití no se conoce por el talento de sus artistas, magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura, ni por sus hazañas históricas en la guerra contra la esclavitud y la opresión colonial.

Vale la pena repetirlo una vez más, para que los sordos escuchen: Haití fue el país fundador de la independencia de América y el primero que derrotó la esclavitud en el mundo.

Merece mucho más que la notoriedad nacida de sus desgracias.

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Actualmente, los ejércitos de varios países, incluyendo el mío, continúan ocupando Haití. ¿Cómo se justifica esta invasión militar? Pues alegando que Haití pone en peligro la seguridad internacional.

Nada de nuevo.

Todo a lo largo del siglo diecinueve, el ejemplo de Haití constituyó una amenaza para la seguridad de los países que continuaban practicando la esclavitud. Ya lo había dicho Thomas Jefferson: de Haití provenía la peste de la rebelión. En Carolina del Sur, por ejemplo, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la peste antiesclavista. Y en Brasil, esa peste se llamaba haitianismo.

Ya en el siglo veinte, Haití fue invadido por los marines, por ser un país inseguro para sus acreedores extranjeros. Los invasores empezaron por apoderarse de las aduanas y entregaron el Banco Nacional al City Bank de Nueva York. Y ya que estaban, se quedaron diecinueve años.

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El cruce de la frontera entre la República Dominicana y Haití se llama El mal paso.

Quizás el nombre es una señal de alarma: está usted entrando en el mundo negro, la magia negra, la brujería...

El vudú, la religión que los esclavos trajeron de Africa y se nacionalizó en Haití, no merece llamarse religión. Desde el punto de vista de los propietarios de la Civilización, el vudú es cosa de negros, ignorancia, atraso, pura superstición. La Iglesia Católica, donde no faltan fieles capaces de vender uñas de los santos y plumas del arcángel Gabriel, logró que esta superstición fuera oficialmente prohibida en 1845, 1860, 1896, 1915 y 1942, sin que el pueblo se diera por enterado.

Pero desde hace ya algunos años, las sectas evangélicas se encargan de la guerra contra la superstición en Haití. Esas sectas vienen de los Estados Unidos, un país que no tiene piso 13 en sus edificios, ni fila 13 en sus aviones, habitado por civilizados cristianos que creen que Dios hizo el mundo en una semana.

En ese país, el predicador evangélico Pat Robertson explicó en la televisión el terremoto del año 2010. Este pastor de almas reveló que los negros haitianos habían conquistado la independencia de Francia a partir de una ceremonia vudú, invocando la ayuda del Diablo desde lo hondo de la selva haitiana. El Diablo, que les dio la libertad, envió al terremoto para pasarles la cuenta.

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¿Hasta cuándo seguirán los soldados extranjeros en Haití? Ellos llegaron para estabilizar y ayudar, pero llevan siete años desayudando y desestabilizando a este país que no los quiere.

La ocupación militar de Haití está costando a las Naciones Unidas más de ochocientos millones de dólares por año.

Si las Naciones Unidas destinaran esos fondos a la cooperación técnica y la solidaridad social, Haití podría recibir un buen impulso al desarrollo de su energía creadora. Y así se salvaría de sus salvadores armados, que tienen cierta tendencia a violar, matar y regalar enfermedades fatales.

Haití no necesita que nadie venga a multiplicar sus calamidades. Tampoco necesita la caridad de nadie. Como bien dice un antiguo proverbio africano, la mano que da está siempre arriba de la mano que recibe.

Pero Haití sí necesita solidaridad, médicos, escuelas, hospitales y una colaboración verdadera que haga posible el renacimiento de su soberanía alimentaria, asesinada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras sociedades filantrópicas.

Para nosotros, latinoamericanos, esa solidaridad es un deber de gratitud: será la mejor manera de decir gracias a esta pequeña gran nación que en 1804 nos abrió, con su contagioso ejemplo, las puertas de la libertad.

(Este artículo está dedicado a Guillermo Chifflet, que fue obligado a renunciar a la Cámara de Diputados del Uruguay cuando votó contra el envío de soldados a Haití.)

* Texto leído ayer por el escritor uruguayo en la Biblioteca Nacional en el marco de la mesa-debate “Haití y la respuesta latinoamericana”, en la que participaron además Camille Chalmers y Jorge Coscia.