miércoles, 24 de abril de 2013

Umbrales, A. Lanús

Es el final del laberinto
el que nos devuelve al punto de partida.
Pero cada vez que encontramos la salida,
el laberinto es otro.

Ulises, Miguel Angel Asturias

Intimo amigo del ensueño, Ulises
volvía a su destino de neblina,
un como regresar de otros países
a su país. Por ser de sal marina.

Su corazón surcó la mar meñique
y el gran mar del olvido por afán,
calafateando amores en el dique
de la sed que traía. Sed, imán.

Aguja de marear entre quimeras
y sirenas, la ruta presentida
por la carne y el alma ya extranjeras.

Su esposa lo esperaba y son felices
en la leyenda, pero no en la vida,
porque volvió sin regresar Ulises.

Ray Bradbury

La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una résaca con los tobillos. Era una lluvia que ahogaba
todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como 
hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.

Ray Bradbury.

Awed by her splendor, Sappho



Awed by her splendor 
stars near the lovely 
moon cover their own 
bright faces 
when she 
is roundest and lights 
earth with her silver 

Sappho, 625 BC-570 BC
Asombradas por su esplendor
las estrellas, cerca de la hermosa 
luna, cubren sus propias
caras brillantes
cuando ella, 
redonda, hace brillar
la tierra con su plata.
Safo

Querido Telémaco,
la Guerra de Troya ha terminado. No recuerdo quién venció.
Los griegos, debe ser: los griegos, quién si no,
puede dejar en tierra extraña tantos muertos…
De todos modos, el camino que me lleva al hogar
resulta que se alarga demasiado.
Como si Poseidón, mientras perdíamos el tiempo,
hubiera dilatado el espacio.
Ignoro dónde estoy y lo que veo ante mí.
Al parecer, una isla, sucia, arbustos,
casas, gruñir de cerdos, un jardín
abandonado, cierta reina, hierba y pedruscos…
Telémaco, querido, en verdad
todas las islas se parecen una a otra
cuando es tan largo el viaje: el cerebro ya
va perdiendo la cuenta de las olas,
el ojo, tiznado de tanto horizonte, echa a llorar,
la carne de las aguas obtura el oído.
No recuerdo ya cómo acabó la guerra,
ni cuántos años tienes hoy recuerdo.
Hazte hombre, Telémaco, y crece.
Sólo los dioses saben si hemos de encontrarnos.
Tampoco ahora ya no eres el chiquillo
ante el cual detuve aquellos toros.
Hoy, de no ser por Palamedes, estaría a tu lado.
Pero tal vez sea mejor así: pues sin mí
te has librado de los males de Edipo,
y en tus sueños, Telémaco, ignoras el pecado.
Ulises a Telémaco, Joseph Brodsky

Los cerezos del marqués

 

      Se pasa la vida viajando por las ciudades más viejas de Europa y América, pero siempre vuelve a su casona del Bierzo por la primavera de abril. La nostalgia de su Quinta de los Cerezos acaba entonces derrotándolo y ahí tienen al tercer Marqués de Carracedelo paseándose bajo un rojo paraguas florentino entre sus vides y árboles, conmoviéndose ante tanta belleza.

-¡Mi quinta de cerezos es única! ¡No será la mejor, pero es única!


    Y descorcha una botella de oporto y brindamos por el reencuentro alzando las copas contra el caballito de sol que ha aparecido trotando por la bahía del Pajariel, Ponferrada al otro lado está bella a esas horas de la tarde. La última ciudad donde ha venteado sus ardores es Lisboa, pero qué triste se está poniendo Portugal, amigo mío, mais todavía. Y se le van cayendo al errabundo Marqués de Carracedelo palabras que gotean sufrimiento, dolor, indignación... Se oye el rumor de los cerezos, nos quedamos escuchando el clamor de los cerezos contra la gran farsa economicista del mundo.

-Si no nos rebelamos, acabaremos viviendo bajo un perpetuo eclipse de sol.

     Y el oporto acaba transportándonos a una reciente historia de revoluciones populares que podrían resurgir... A la mismísima Revolución de los Claveles, y entonamos aquel cantar de José Alfonso, Grândola, Vila Morena: Terra da fraternidade: O povo é quem mais ordena...


-Tengo esa canción pegada al paladar. Cada día la cantan más hombres y mujeres en las tabernas de Lisboa, en las plazas y rúas de todas las villas y ciudades del pobre Portugal. Una Revolución Ibérica, amigo mío... No es descabellado pensar una revolución ibérica con que reconquistar nuestro glorioso destino oceánico. Aquí en el sur, en el suroeste de Europa, donde las huestes trabajadoras cantan como el Atlántico. Y confederarnos luego con todos los países iberoamericanos, sin paraísos ni infiernos fiscales ni otras jodiendas neocapitalistas. ¡Ligados todos como estos cerezos al mismo pájaro primaveral!

    Podría ser, le digo, si supiéramos dibujar con precisión la armadura ideológica de ese subversivo pájaro primaveral. Y se me queda mirando con sus ojos llenos de euforia, frunciendo su bigote de bala perdida. No suelta su lengua en vano el iluminado Marqués de Carracedelo.

-¡Basta ya de bogar vida abajo! ¡Me asombra que el pueblo no haya salido aún a la calle y haya arrasado con todo!


    ¡El pueblo, ay, qué palabrazo tan demagógico! Igual que un cerezo en flor, qué pregunta más enorme. Pues trescientos sesenta y seis cerezos están floreciendo en su quinta y habrá que vendimiarlos y allá veremos cómo paga el kilo de cerezas el ínclito Marqués de Carracedelo.